
Cuando le digo a un paciente que necesita una endodoncia, la reacción casi siempre es la misma: cara de susto y la frase "eso duele muchísimo, ¿no?". Es el mito más extendido, y es justo al revés: la endodoncia se hace para quitar el dolor, no para provocarlo. El tratamiento se realiza con anestesia local, igual que un empaste, y lo que realmente duele es la infección o la inflamación del nervio que había antes de tratarla. Otro mito habitual es pensar que "matar el nervio" deja el diente muerto e inútil; en realidad, tras retirar el nervio dañado y sellar el conducto, el diente sigue funcionando con normalidad para masticar durante años, aunque pierda la sensibilidad al frío o al calor que tenía antes. También me preguntan si es mejor extraer el diente directamente: casi siempre es preferible conservarlo con una endodoncia, porque ningún implante o puente sustituye del todo a un diente propio bien tratado. Eso sí, conviene colocar después una corona o reconstrucción adecuada, sobre todo en los dientes posteriores, para protegerlo de fracturas al masticar.
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